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Ángeles y demonios en Roma, el arte real

Leíste o viste Ángeles y demonios y reconoces los lugares. Pero qué de eso es obra real, de quién, y dónde está de verdad, sin arruinar la historia.

Castel Sant'Angelo junto al Tíber, escenario del desenlace de Ángeles y demonios.

Si leíste o viste Ángeles y demonios, de Dan Brown, seguramente recuerdas la persecución por las cuatro iglesias, los símbolos escondidos, la carrera contra el reloj hasta Castel Sant'Angelo. Es una buena historia de suspenso, y no necesita dejar de serlo para dar algo más: buena parte de los lugares y las obras que aparecen en el libro existen de verdad, y siguen en pie en Roma, mucho después de que la trama fuera inventada.

La separación es sencilla de hacer, una vez que sabes dónde buscar. Por un lado, esculturas, iglesias y plazas reales, con autor, fecha y dirección ciertos. Por otro, una conspiración de asesinos y un reloj contra la destrucción del Vaticano, que son ficción pura, escrita para mantener al lector enganchado hasta la última página.

La Capilla Chigi y el ángel de Bernini

Una de las escenas más citadas del libro ocurre en la Capilla Chigi, dentro de la iglesia de Santa Maria del Popolo, frente a la escultura Habacuc y el Ángel. La capilla existe, la iglesia existe, y la escultura también: es obra de Gian Lorenzo Bernini, encargada por la familia Chigi, y representa al profeta bíblico Habacuc guiado por un ángel para llevar comida a Daniel en el foso de los leones. El papel de "pista de la conspiración" que la novela le da a la obra es invención, pero la escultura en sí, el gesto del ángel señalando, la expresión de sorpresa del profeta, es exactamente el tipo de drama en mármol que le dio fama a Bernini mucho antes de que existiera ninguna novela de suspenso. Es el mismo escultor que, décadas antes, siendo aún joven, había esculpido las tres obras mitológicas de la Galería Borghese: el talento detrás del ángel de Habacuc no nació con la novela, ya venía de lejos.

El Éxtasis de Santa Teresa y el mármol como materia viva

En la iglesia de Santa Maria della Vittoria está otra obra citada en el libro, el Éxtasis de Santa Teresa, también de Bernini. Es la escultura en la que la santa española aparece con los ojos cerrados y la boca entreabierta, en el instante en que, según sus propios escritos, describió sentir el amor de Dios como un dolor físico. Bernini esculpió tela, luz y expresión con un dominio del mármol que parece contradecir el propio material: debería ser piedra dura y parece, al mismo tiempo, a punto de moverse. La escena de novela alrededor de la obra es ficción. La obra, y el efecto que produce sobre quien entra a la iglesia sin aviso, es enteramente real.

La comparación vale la pena: en la Basílica de San Pedro, a pocos kilómetros de allí, el mismo Bernini levantó el Baldaquino sobre el altar papal y, décadas después, la Cátedra de San Pedro en el ábside. Son tres obras del mismo artista, en tres iglesias distintas, que tratan tres temas distintos, el profético, el místico y el institucional, todas reales, todas visitables sin necesitar ninguna trama de ficción para justificar la visita.

La Fontana dei Quattro Fiumi, en la Piazza Navona

Otra parada real del libro es la Fontana dei Quattro Fiumi, de Bernini, en el centro de la Piazza Navona, con sus cuatro figuras que representan ríos de distintos continentes entonces conocidos. Es una de las fuentes más fotografiadas de Roma, con o sin novela de suspenso cerca, y vale la pena el tiempo detenido frente a ella solo para notar cómo cada figura reacciona de un modo distinto a la misma agua que cae en el centro: una se cubre los ojos, otra levanta el brazo, otra parece asustada por una serpiente al lado. La fuente fue encargada por un papa que quería transformar la Piazza Navona en el centro ceremonial de la ciudad, mucho antes de que ninguna trama de suspenso pasara por allí. El libro usa la plaza como escenario de persecución. La plaza, en la vida real, ya era desde hacía siglos un punto de encuentro de Roma, construida sobre el trazado de un antiguo estadio de la Roma antigua, lo que explica su forma alargada, tan distinta de cualquier otra plaza de la ciudad.

Castel Sant'Angelo, entre la historia real y el clímax del libro

El desenlace de la novela ocurre en Castel Sant'Angelo, junto al Tíber. El edificio es real y mucho más antiguo que cualquier trama de Dan Brown: fue construido por el emperador Adriano, en el siglo II, como su propio mausoleo, heredero de la misma Roma imperial que dejó su sigla grabada hasta hoy por toda la ciudad, y solo siglos después se convirtió en fortaleza papal, con un pasaje que unía el castillo con el Vaticano usado en momentos de crisis de la propia Iglesia. Ninguna persecución por pasillos secretos ocurrió allí como en el libro. Pero la historia real del edificio, de tumba de emperador a refugio de papa, ya es lo bastante dramática sin necesitar invención.

Lo que queda después del suspenso

Leer Ángeles y demonios antes de ir a Roma no es tiempo perdido, es un punto de partida como cualquier otro: llegas ya reconociendo nombres, lo que ayuda a prestar atención a lo que importa después. La diferencia está en separar lo que Dan Brown inventó, la conspiración, los asesinatos cronometrados, el villano escondido, de lo que ya estaba allí antes de que él naciera: Bernini esculpiendo ángeles y éxtasis, Adriano construyendo su propia tumba, una plaza entera organizada alrededor de una fuente. La ficción pasa. El arte, y la razón por la que sigue impresionando sin necesitar ninguna conspiración alrededor, se queda.

Es ese tipo de lectura, separar la historia real del efecto de la novela, lo que sostiene las experiencias privadas y a medida de Viaggio e Arte, siempre en grupos pequeños, de una a seis personas, para quien quiere reconocer los lugares del libro y salir sabiendo qué de ellos es, de verdad, arte real.

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