En las colinas al este de Roma, Tívoli guarda dos sitios declarados patrimonio de la UNESCO separados por unos catorce siglos. Los dos se llaman villa, y los dos nacieron del deseo de un hombre poderoso de tener, fuera de Roma, un mundo hecho a medida. Pero casi todo en ellos es opuesto, y es esa diferencia la que cuenta la historia.
Villa Adriana: un imperio en miniatura
En el siglo II, el emperador Adriano mandó construir una residencia que era casi una ciudad: decenas de edificios, termas, pabellones, jardines y estanques repartidos por un área mayor que la de Pompeya. Adriano pasó más de la mitad de su reinado lejos de Italia, recorriendo las provincias, y amaba tanto la cultura griega que los romanos se burlaban de él por eso.
La villa lleva la huella de esa biografía. Según la Historia Augusta, dio a partes de ella nombres de lugares célebres: el Liceo, la Academia, el Canopo, el Pecile, el valle de Tempe. El Canopo, con su largo estanque, evoca Egipto. El llamado Teatro Marítimo es una pequeña casa en una isla circular, rodeada por un canal: un refugio dentro del refugio. Es la Roma en su apogeo, segura de sí misma, capaz de poner el mundo entero al alcance de un paseo.
Villa d'Este: el poder en forma de agua
Catorce siglos después, el cardenal Hipólito II de Este, hijo de Lucrecia Borgia y candidato de Francia al papado en el cónclave que eligió a Julio III, recibió el gobierno de Tívoli. Con el arquitecto y anticuario Pirro Ligorio transformó una ladera empinada en un jardín en terrazas, con decenas de fuentes y cientos de chorros alimentados por las aguas del río Aniene.
Aquí nadie imita el mundo: se escenifica el poder. Cada fuente es un argumento a favor de la familia de Este, y el espectáculo del agua era la prueba de lo que el dinero y la ingeniería del Renacimiento podían hacer. Si la villa de Adriano es la de quien ya lo tenía todo, la de Hipólito es la de quien necesitaba demostrar que lo tenía.
El hilo que une a las dos
Ligorio excavó en Villa Adriana al servicio del cardenal, y muchos de los mármoles y estatuas que aún quedaban allí fueron llevados a decorar Villa d'Este. La villa del Renacimiento se adornó con los restos de la villa del Imperio. Ver las dos es ver una época mirando a la otra: la Antigüedad como modelo, y también como cantera.
Ver más de lo que se ve solo
La experiencia Tívoli y Villa d'Este te lleva a la villa del cardenal, con transporte en coche desde Roma y alguien a tu lado para leer el jardín. Si Villa Adriana también está en tus planes, vale la pena hablar de una experiencia a medida, diseñada a partir de lo que quieres ver.